Jack Fuchs *
Este año, más precisamente el 13 de julio, murió en un accidente automovilístico Bronislaw Geremek, ex ministro de Relaciones Exteriores de Polonia –entre 1997 y 2000– y miembro del Parlamento Europeo hasta el día de su muerte. Nacido en Varsovia en 1932, fue encerrado en el Gueto de su ciudad junto a sus padres, entre 1940 y 1943. Su padre fue deportado a Auschwitz y asesinado. Geremek fue rescatado y salvado del Gueto junto con su madre, que luego contrajo matrimonio con quien los salvó y cuyo apellido adoptó el pequeño "Berele Lewartow", luego conocido como Bronislaw Geremek.
Su vida intensa lo llevó a pertenecer durante casi dos décadas al Partido Comunista, luego a estudiar Historia medieval becado en París y más tarde a renunciar al Partido, en 1968, luego de la invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia. De regreso en Polonia, se une a Lech Walesa y trabaja activamente en el movimiento Solidaridad. Es considerado uno de los arquitectos del régimen político polaco posterior al comunismo y trabajó arduamente para el ingreso de Polonia a la Unión Europea, de cuyo Parlamento fue miembro.
Murió a los 76 años. Durante su vida política nunca negó su origen judío y en las escasas veces que le preguntaron respecto de su infancia y los años pasados en el Gueto de Varsovia, siempre se refirió a esa etapa de su vida como un capítulo cerrado. Mantuvo siempre una sorprendente distancia con respecto a su historia familiar. Más que distancia, ruptura. Su funeral fue realizado en la Catedral de Varsovia, bajo el rito católico.
La última etapa en la vida de las personas casi siempre determina sus adioses. Para cada observador o testigo murió un Geremek distinto: un niño del Gueto de Varsovia; un judío "traidor" de Polonia, un humanista e historiador prestigioso, un patriota. Definiciones muy diferentes, pero todas miradas sobre Bronislaw Geremek. Los discursos en su funeral y los homenajes posteriores fueron numerosos. Entre ellos, el presidente del Parlamento Europeo, el líder del grupo político polaco al que perteneció, definiéndolo como todo un humanista, símbolo de la reunificación, héroe polaco.
Marek Edelman, único sobreviviente y comandante del levantamiento del Gueto de Varsovia, destacó su humanismo y, sorprendentemente o no, no mencionó que se trató de un niño salvado milagrosamente del Gueto. Otros mencionan ligeramente que fue testigo de lo sucedido en el Gueto, durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Es posible borrar casi al unísono el pasado? Con sólo once años fue testigo y víctima de uno de los episodios más trágicos de la historia de la humanidad. Su vida, luego, transcurrió en gran parte nuevamente en Varsovia. Me pregunto si al pasar delante de los monumentos erguidos en memoria de la resistencia judía en plena ciudad –en la cual antes de estallar la guerra vivían 300 mil judíos– no sintió alguna vez la necesidad de parar y rendir un homenaje a las víctimas. |
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CÓNSULES CONTRA EL GENOCIDIO |
Francia y Alemania fueron el brutal escenario del peor nazismo, al que diplomáticos españoles se enfrentaron incumpliendo las órdenes de su ministro para salvar a judíos. Rolland de Miota, cónsul español en Francia, expidió centenares de cartas de protección a judíos. Santaella, diplomático español en Berlín, salvó a una familia de judíos ocultándola en su casa berlinesa
El 12 de marzo pasado el Museo del Holocausto E de Jerusalén (Yad Vashem) concedió a título póstumo la calificación de Justo entre las Naciones al diplomático español Eduardo Propper de Callejón en reconocimiento por la ayuda que prestó a judíos que huían de los nazis. Los hijos de Propper, Felipe y Elena, recogieron una medalla y un diploma en una emotiva ceremonia celebrada en el Jardín de los Justos del Yad Vashem, una institución que en el 2007 recibió el premio Príncipe de Asturias de la Concordia. El caso de Propper de Callejón demuestra que los hechos relatados en el capítulo anterior sobre diplomáticos españoles que salvaron a judíos de las garras del nazismo no fueron episodios aislados.
Alfonso Fiscowich, cónsul general de España en París, fue un testigo de excepción de la liberación de la capital francesa en agosto de 1944 por combatientes republicanos españoles de las fuerzas aliadas. El cónsul informó a Madrid de que en el desfile de las tropas que seguían al general De Gaulle en su entrada en París había observado como algunos tanques estaban adornados con banderas republicanas españolas. Fiscowich explicó que algunos carromatos y vehículos habían sido bautizados con nombres evocadores de batallas y hechos de la guerra civil de España, como Guadalajara, Gernika, Brunete, Ebro...
Cuando esos carros de combate y vehículos alcanzaron el Ayuntamiento de la capital francesa se hizo el delirio entre los parisinos. A un valenciano, el teniente Granell, le cupo el honor de mandar la compañía de blindados que llegó a la capital francesa en primer lugar y que estaba integrada en la segunda división blindada del general francés Leclerc.
La realidad es que otros diplomáticos franquistas no comulgaron con la barbarie nazi, sino que se enfrentaron a ella con los medios a su alcance. Así sucedió en la peligrosa Francia colaboracionista e incluso en la Alemania de Hitler. En 1940 había en Francia unos 300.000 judíos, muchos huidos de la persecución nazi, que se agolparon en los consulados neutrales en busca de protección. En ese marco hubo tres españoles que destacaron por su labor humanitaria sin duda a título personal. Fueron el Eduardo Propper de primer secretario de la embajada de España en Francia; Bernardo Rolland de Miota, cónsul general en París, y Alfonso Fiscowich, su sucesor.
Cronológicamente, el primero que actuó en París fue el cónsul Bernardo Rolland de Miota, que en octubre de 1940 - con la capital francesa ocupada desde junio- informó al ministro español de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer, acerca de las medidas antijudías adoptadas por los franceses. Estas disposiciones antisemitas se publicaron en el llamado Statut des Juifs (estatuto de los judíos) que afectaba a los dos mil sefardíes residentes en París, de los que Rolland de Miota se sentía responsable. A Serrano Súñer, cuñado de Franco, no le gustó nada la postura del diplomático, a quien ordenó que tomara una actitud pasiva, alegando que España no podía interferir en las decisiones de otro Estado. Sin embargo, Rolland de Miota desobedeció y siguió a su conciencia, expidiendo centenares de cartas de protección hasta lograr que parte de los sefardíes fueran excluidos del Statut des Juifs. Para justificar su actitud ante los franceses y ante Serrano Súñer, Rolland argumentó que en España no existía ningún estatuto sobre judíos y que por tanto un Estado extranjero o una autoridad extranjera no podían clasificar a los españoles. |
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EL PINTOR SALVADO POR SCHINDLER |
Era judío en la Polonia invadida por los nazis en la II Guerra Mundial. Se libró de morir por su habilidad para rotular caracteres góticos en el campo de concentración donde estaba confinado. Allí se casó a escondidas con su prometida. Ella le procuró un lugar en la lista de Oskar Schindler, el salvador inmortalizado por Spielberg. Joseph Bau escapó del horror y se convirtió en el dibujante del genocidio, en el "Walt Disney" israelí.
Joseph Bau (Cracovia, Polonia, 13-VI-1920) era el enamorado en el campo de concentración de Plaszow que en la película La lista de Schindler se casa a escondidas con Rebecca Tennenbaum. Lo estadísticamente lógico es que ambos hubieran muerto en el Holocausto, como los padres y el hermano pequeño de Bau y otros seis millones de judíos. Si con apenas 30 kilos de peso seguía vivo cuando lo liberaron, fue gracias a Oskar Schindler y a que sabía dibujar y caligrafiar la letra gótica que tanto gustaba a sus verdugos. Su memoria del infierno se publica ahora en español con el título El pintor de Cracovia.
Cuando en 1993 celebraron sus bodas de oro, los periódicos y la televisión israelíes los describieron como la pareja más romántica del mundo. Fue una casualidad que se casaran el día de San Valentín porque en el campo de concentración no podían saber que era el día del amor. Joseph Bau tenía 22 años y trabajaba en el campo de Plaszow, un suburbio de Cracovia, como esclavo-delineante. Un supervisor nazi le pidió con urgencia una heliografía. No había máquinas y sólo podía hacerse con rayos de sol para hacer señales telegráficas a través de un espejo móvil. Cuando Bau alegó que el día estaba nublado, el oficial, experto en torturas pero ignorante en heliografías, le replicó: "O la heliografía o una bala en la cabeza". Bau esperó a que los débiles rayos ultravioletas dejaran su huella en el papel sensible. Una joven llamada Rebecca salió de un barracón y pensó que estaba haciendo señales a los aviones americanos. "Estoy esperando que salga el sol remolón, quizá tu puedas ocupar su puesto", le dijo Bau.
Boda secreta. A partir de ese día, jugándose la vida, empezó a visitarla en el barrancón antes del toque de diana. Le llevaba agua caliente y le lustraba los zapatos con la manga humedecida con saliva. Cambió cuatro barras de pan por una cuchara de plata y, por cuatro más, un joyero le hizo dos anillos. No hubo rabino, música ni invitados en la boda clandestina, pero el novio pronunció el tradicional Harei At (la invocación a los cinco libros sagrados de la Torá) y su madre les dio la bendición. Fue un milagro que no los sorprendieran en el barracón de las mujeres. Sus dos hijas, Hadassah y Tzlila, dicen que su padre creía en los milagros. No le faltaban motivos. Tuvo que producirse una sucesión de venturosos azares para que acabara disfrutando de la vida, de la felicidad y del éxito artístico en Israel años después. |
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Romero Radigales presionó a los alemanes para que liberasen a los judíos de origen español. A pesar de los esfuerzos de Radigales, 45.000 judíos de Salónica fueron asesinados. El cónsul general de España en Atenas salvó la vida a varios centenares de judíos de origen sefardí al conseguir que Alemania les deportase a España y no al campo de concentración de Bergen Belsen La ciudad griega de Salónica guarda en sus calles la difícil historia de los judeoespañoles expulsados de España en 1492 por los Reyes Católicos. Salónica fue hasta la II Guerra Mundial el paradigma de ciudad receptora de la inmigración judía, más especialmente de los sefardíes cuya aventura está indeleblemente unida a esta urbe, la segunda más grande de Grecia. Una ciudad que durante siglos habló español antiguo y sobre la que los nazis aplicaron a fondo su antisemitismo genocida. Sólo la actuación memorable de Sebastián Romero Radigales, cónsul general de España en Atenas entre 1944 y 1945, mitigó la masacre gracias a una tenacidad que permitió salvar del exterminio a unos centenares de sefardíes. Sin embargo, más de 45.000 no tuvieron la misma suerte. Los archivos nacionales del Reino Unido conservan decenas de documentos originales, principalmente alemanes, aunque también los hay españoles y británicos, que permiten observar de cerca la persecución nazi a los judíos de Salónica. |
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IRENA SEDLER, MADRE DEL HOLOCAUSTO |
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Con independencia de que pueda ser otras cosas, por ahora, para muchos como yo, es la fecha de un afecto, de una iluminación que al poco tiempo de surgir ante nuestros ojos se ha apagado en brazos de la muerte, pero que en ningún caso se llama ni se llamará olvido. Me refiero a Irena Sedler, polaca de 1910, cuya existencia ha sido un afortunado hallazgo muy cercano en el tiempo para mí, quien esta primavera a veces con aires de invierno, con toques de verano a ratos, esta primavera gobernada por el desconcierto acaba de irse, en concreto el lunes 12 de mayo, poco antes de que lo hiciesen el montañero navarro Iñaqui Ochoa de Olza en la luz nevada del impresionante Annapurna nepalí o el estadounidense de Lafayette Sydney Pollack, padre de extraordinarias películas como Memorias de África y Danzad, danzad malditos. No obstante, la muerte, ese mal indiscutible como bien sentencia Safo cuando advierte «Morir es sin duda un mal; porque si así no fuese, también los dioses querrían morir», tiene la importancia que haya tenido la vida del muerto. Y la vida de Irena, esta adorable anciana , tiene el sello del camino de la solidaridad, del coraje, del afecto, de la lucha ardua ratificada por el silencio y la propia vida en peligro siempre bajo el apremio de la crueldad del nazismo, pese a no ser ella judía, aunque sí defensora a ultranza de los derechos del pueblo judío. Porque Irena o Yolanta , como era su nombre de combate, vivió siempre de acuerdo con el lema de aquel médico extraordinario que fue su padre: «Ayuda siempre al que se está ahogando, sin tener en cuenta su religión o nacionalidad». ¡Maravillosa Yolanta ! ¡Conmovedora madre salvífica! |
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