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Teodoro Hertzl, fundador del Sionismo moderno
Por primera vez tropieza con el antisemitismo mientras estudiaba en la Universidad de Viena. El hecho transformaría su vida y el destino de los judíos en el siglo XX. Cuando en 1891 asume la prestigiosa corresponsalía en París de Neue Freie Presse, un importante diario liberal vienés de referencia en el Imperio Austrohúngaro, representante de la corriente liberal austríaca, se enfrenta directamente con el problema. Allí constata y analiza el crecimiento del antisemitismo, y comienza a implicarse emocionalmente en el «problema judío», al que hasta entonces no había prestado demasiada atención. Por entonces él consideraba al problema judío como una cuestión de carácter social. Al principio mantiene tesis asimilacionistas, pero el Caso Dreyfus (1894) le supone un punto de inflexión del asimilacionismo hacia el nacionalismo, ya que, en sus propias palabras, asistir al proceso Dreyfus y a la agitación antisemita que se generó en torno a ese caso es lo que le convierte definitivamente en sionista.

En 1894, el capitán Alfred Dreyfus, un oficial judío del ejército francés, fue acusado injustamente de traición, principalmente debido a la atmósfera antisemita reinante. Herzl presenció cómo el populacho gritaba “¡Muerte a los judíos!” en Francia, la cuna de la Revolución Francesa, y se dio cuenta de que para el pueblo judío sólo había una solución: la emigración masiva de los judíos hacia un país al que pudieran llamar propio. Así, el Caso Dreyfus pasó a ser uno de los factores determinantes en la génesis del Sionismo Político.

Entonces escribió un drama: El Gueto (1894), en el que rechazaba la asimilación y la conversión como probables soluciones para el pueblo judío. Herzl esperaba que su libro El Gueto originara una polémica que  finalmente derivara en una solución, basada en la tolerancia mutua entre cristianos y judíos. Herzl llegó a la conclusión de que el antisemitismo era un factor estable e inmutable en la sociedad humana que la asimilación no solucionaría. Meditó sobre la idea de una soberanía judía y, a pesar del ridículo al que lo someterían los líderes judíos, publicó el opúsculo Der Judenstaat (El Estado Judío: ensayo de una solución moderna de la cuestión judía») en  1896 ya de vuelta en Viena, donde propone que el «problema judío» sea un asunto de política internacional y que como tal debía ser asumido. El texto, más un manifiesto que una obra doctrinal, propone un plan político que ofrezca una visión moderna e ilusionante para el naciente nacionalismo judío. Al principio, el texto no fue muy bien recibido y en los ambientes judíos liberales y asimilacionistas de Europa central y occidental es visto como una quimera más. Tampoco gusta nada en las sinagogas, donde se percibe como contrario a las enseñanzas religiosas.

Herzl arguyó que la esencia del problema judío no era individual sino nacional. Declaró que los judíos podrían ser aceptados en el mundo solamente si dejaban de ser una anomalía nacional. Los judíos son un pueblo, dijo, y su situación puede ser transformada en una fuerza positiva por medio del establecimiento de un estado judío con el consentimiento de las grandes potencias.

Propuso un programa práctico para la recolección de fondos de los judíos de todo el mundo por medio de una compañía que sería propiedad de los accionistas y que trabajaría hacia la realización práctica de esta meta. (Esta organización se llamó Organización Sionista). Consideraba el futuro estado como un estado modelo desde el punto de vista social, basando sus ideas en el modelo europeo de la época, una sociedad ilustrada y moderna. Debería ser neutral y a favor de la paz, y de naturaleza secular.

Jibat Tzión fue un movimiento pre-sionista que comenzó en la década de 1880, y bregaba por el renacimiento de la vida judía en la Tierra de Israel. Sus miembros trabajaron por el desarrollo físico del país y fundaron asentamientos agrícolas en Palestina. Cuando se reunió el Primer Congreso Sionista en 1897, ellos ya habían comenzado a transformar la faz del país. No obstante, Herzl consideraba que el objetivo del movimiento sionista era el reconocimiento internacional para una entidad nacional judía en la Tierra de Israel, más que su lento desarrollo por medio de asentamientos.

Herzl no se desanima y comienza a desplegar una intensa actividad diplomática que le haga ganar apoyos para la causa sionista en las cancillerías europeas. También trata de persuadir a los dirigentes otomanos para que le cedan parte de Palestina a cambio de apoyo financiero judío. Establece su oficina central en Viena, desde donde despliega su actividad hacia la comunidad judía, que comienza a percibirle como un líder moderno y mundano, que puede encauzar el nacionalismo latente de amplios sectores judíos.
En su novela sionista, Altneuland (Vieja Nueva Tierra, 1902), Herzl presentó el futuro estado judío como una utopía socialista. Tuvo la visión de una nueva sociedad que surgiría en la Tierra de Israel sobre una base cooperativa que utilizara la ciencia y la tecnología para el desarrollo del país.

Incluyó ideas detalladas respecto a la forma en que veía la estructura política del futuro estado, la inmigración, la recaudación de fondos, las relaciones diplomáticas, las leyes sociales y las relaciones entre religión y estado. En Altneuland, el estado judío se preveía como una sociedad pluralista y de avanzada, una “luz para las naciones”. Este libro tuvo un gran impacto entre los judíos de la época y se convirtió en símbolo de la visión sionista en la Tierra de Israel.

Las ideas de Herzl fueron acogidas con entusiasmo por las masas judías de Europa Oriental, aunque los líderes judíos mostraron menos fervor. A pesar de eso, Herzl promueve la creación de la OSM (Organización Sionista Mundial) y convoca y preside el Primer Congreso Sionista en Basilea, Suiza, del 29 al 31 de agosto de 1897, la primera reunión internacional de judíos sobre una base nacional y secular. Aquí los delegados adoptaron el Programa de Basilea, el programa del movimiento sionista, y declararon que “el sionismo pretende establecer en Palestina un hogar para el pueblo judío que esté garantizado por la ley pública”. En el Congreso se fundó la Organización Sionista como brazo político del pueblo judío, y Herzl fue elegido su primer presidente.

El mismo año, Herzl fundó el semanario sionista Die Welt (El Mundo) e inició las actividades para obtener el reconocimiento para un asentamiento judío en el país. Después del Primer Congreso Sionista, el movimiento se reunió anualmente en los marcos de un Congreso Sionista Internacional. En 1936 el centro del Movimiento Sionista se trasladó a Jerusalem.

Herzl comprendió la necesidad de la aprobación de las grandes potencias para los objetivos del pueblo judío en la Tierra Prometida. Por eso, viajó a  Israel y a Estambul en 1898 para encontrarse con el Kaiser Guillermo II de Alemania y el Sultán del Imperio Otomano. Cuando esos esfuerzos demostraron ser estériles, regresó a Gran Bretaña y se reunió con Joseph Chamberlain, el ministro de colonias británico, y  otros. La única oferta concreta que recibió por parte de los británicos fue la propuesta de una región autónoma judía en el Africa Oriental, en Uganda.

El pogrom de Kishinev en 1903 y la difícil situación de la comunidad judía rusa, de la que fue testigo durante una visita a Rusia, le causó una fuerte impresión. Por ello, en el transcurso del Sexto Congreso Sionista (1903) presentó la propuesta británica de Uganda como refugio temporario para los judíos de Rusia que se encontraban en peligro inmediato. Si bien  dejó  claro que esta proposición no afectaría a la meta final del sionismo: una entidad judía en la Tierra de Israel, la propuesta despertó una tormenta en el Congreso y casi provocó un cisma en el movimiento sionista.

El Programa de Uganda fue rechazado finalmente por el movimiento sionista en el Séptimo Congreso en 1905. Herzl murió en 1904 de neumonía, y de una debilidad cardíaca debido al exceso de trabajo por sus incesantes esfuerzos en pro del sionismo, pero para entonces el movimiento ya había encontrado su lugar en el mapa político mundial. En 1949 los restos mortales de Herzl fueron traídos a Israel e inhumados en el Monte Herzl, en Jerusalem. Herzl acuñó la frase “Si lo queréis, no será una leyenda”, (frase con la cual inauguramos nuestra asociación Tarbut) que se convirtió en el lema del movimiento sionista. Si bien en su momento nadie lo hubiera imaginado, el sionismo condujo, en tan sólo cincuenta años, al establecimiento del Estado de Israel soberano.