| Judíos siberianos: tolerancia en un país de deportados |
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Pero Krasnoyark es también una ciudad judía. En la región de Siberia de la que es capital, y que tiene una extensión 16 veces superior a la de España, viven actualmente unos 10.000 judíos, 7.000 en la ciudad y el resto esparcidos por pueblos y aldeas. La antigua sinagoga, que al decir de algunos era preciosa, fue convertida en una estación de ferrocarril. La actual es moderna, aunque muy bonita. Su rabino, que se llama Moshe, nos recibió con cariño y nos dio toda clase de explicaciones. Nos contó que en los años 30 los judíos siberianos, como tantos otros en Rusia, sufrieron persecución pero que actualmente se vive una etapa de tolerancia. El hecho de que Siberia sea, ya de por si, un país de deportados contribuye decisivamente a la comprensión entre etnias y religiones. De todas maneras, en el año 2005 desapareció un niño que jugaba en la calle y los judíos vivieron momentos de incertidumbre: temían la vuelta de los viejos tiempos y los execrables mitos antisemitas. Por fortuna pudo demostrarse que el niño se cayó al río mientras jugaba y la calma volvió a la comunidad hebrea de la ciudad. La sinagoga es a la vez un centro cultural muy activo. La comunidad judía tiene, además, una escuela propia. Ya quisiéramos los judíos y chuetas de Mallorca tener tantas facilidades como los siberianos para vivir según nuestra religión. La visita a la sinagoga resultó, por muchas razones, entrañable. En realidad, yo era la única persona del grupo directamente vinculada con el “hecho judío” pero Sebastià Roig, presidente de la ONG “Infants del Món” se interesó vivamente por todo lo relacionado con la comunidad. Es más: gracias a las informaciones que le dio el rabino, Roig pudo tener conocimiento cabal de la auténtica situación social de la infancia de Krasnoyark, una información que no siempre las autoridades locales parecían dispuestas a darnos. Y un detalle curioso: en nuestras visitas a diferentes lugares siempre estuvimos acompañados por un delegado gubernamental. Era un hecho tranquilizador, aunque en realidad nos sentíamos vigilados. Pues bien: al observar que nos deteníamos frente a la sinagoga y que yo saludaba al rabino con un sonoro “Shanà Tovà” nuestro acompañante abrió unos ojos como platos. Seguro que este detalle fue incluido en el informe que, posteriormente, redactó para su gobierno. |