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EL TIGRE SEMITA
Israel lo tenía todo en contra: la geografía, los vecinos,
el suelo miserable y seco, la escasa y variada población, incluso el
idioma, porque el hebreo era una lengua ritual, prácticamente muerta,
confinada a la sinagoga y a la lectura de los libros sagrados, que
hubo que revitalizar mientras la población judía se comunicaba en los
idiomas vernáculos de los países de donde provenía. Unos lo hacían en
alemán, otros en polaco o en yidish; los había que sólo dominaban el
turco, el árabe o el griego. La etnia, además, se dividía
profundamente en dos comunidades no siempre bien avenidas: los
asquenazí, generalmente de origen germano-polaco, y los sefarditas,
originalmente procedentes de España, de donde fueron expulsados en
1492.

No existía, pues, un pueblo judío, sino diversos pueblos judíos
forjados en la diáspora, incluidos los que emigraban desde Yemen,
Marruecos, Etiopía, y, sobre todo, de Rusia. Tampoco poseían ningún
fenotipo dominante que los caracterizara físicamente. Se vinculaban,
además, de distintas maneras a la tradición religiosa y cultural del
nuevo y desconocido país, ostentando muy diferentes grados de
desarrollo intelectual y académico. Variedad que, sin duda, no era el
mejor cohesivo para unificar a la vacilante nación que dio sus
primeros pasos en medio de una invasión destinada a "echar a los
judíos al mar".

¿Qué hicieron en sesenta años los israelitas con ese mosaico
abigarrado y difícil? Hicieron una complejísima democracia
parlamentaria, reflejo de la diversidad de una vibrante sociedad que
hoy cuenta con más de siete millones de habitantes, radicados en un
diminuto país de apenas 20,000 kilómetros cuadrados, que disfrutan de
todos los derechos individuales, en la que las poderosas fuerzas
armadas están subordinadas a la autoridad de los civiles. Hicieron un
gobierno razonablemente eficaz, más honrado que la media, pese a las
turbulencias en las que han tenido que vivir. Hicieron un país con una
población altamente educada, con el menor índice de violencia social
del mundo, incluido ese 16% de personas de religión islámica, una
minoría, también israelí, difícilmente asimilable, aun cuando
constituye el grupo árabe -hombres y mujeres- que más libertades y
prosperidad posee de cuantos pueblan la tierra.

Israel hoy tiene un per cápita (PPP) de US$29,000 y, de acuerdo con el
Indice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, que mide la calidad de
vida, forma parte de los treinta países punteros del mundo, entre
Alemania y Grecia, donde no comparece ninguna otra nación del Medio
Oriente (ni de América Latina), pese a que tiene que dedicar a su
defensa nada menos que el 8% de cuanto el país produce, porque ya se
ha desangrado en por lo menos tres costosas guerras y mañana pudiera
comenzar la cuarta.

¿Cómo Israel ha logrado este milagro económico? Esencialmente,
cultivando su enorme capital humano y sus virtudes cívicas, a base de
inteligencia, rigor, trabajo intenso y respeto a la ley, lo que le ha
permitido ser muy eficiente en la agricultura, las comunicaciones, la
electrónica, la fabricación de equipos médicos, aviación e industria
armamentística, y hasta en el ámbito espacial, dado que ya hay
satélites israelíes girando en torno a la tierra.

No todo, por supuesto, es perfecto en el país, pero para juzgar a
Israel siempre hay que preguntarse dónde existe otra sociedad libre y
desarrollada que en apenas seis décadas, surgiendo de la nada y contra
viento y marea, ha conseguido los logros obtenidos por el pueblo
hebreo. Es hora de empezar a hablar del tigre semita. Hay que estudiar
muy bien lo allí se ha hecho. Es casi milagroso.